Desinformación en la historia: del caballo de Troya a las fake news

Vivimos en la era de la sobreinformación, donde las noticias falsas circulan a la velocidad de un clic. Sin embargo, aunque el fenómeno parezca exclusivo de la era digital, sus raíces se extienden milenios atrás. Desde los antiguos griegos hasta las campañas de manipulación contemporáneas, la desinformación ha sido una herramienta poderosa para moldear la opinión pública, alterar el curso de las guerras y reforzar narrativas de poder.

En este artículo exploramos casos emblemáticos de desinformación a lo largo de la historia, prestando especial atención a ejemplos de la Antigua Grecia, Cartago y civilizaciones anteriores, donde la mentira estratégica ya formaba parte del arte de gobernar, conquistar… o simplemente sobrevivir.

El caballo de Troya: cuando el engaño decidió una guerra

Posiblemente el ejemplo histórico más célebre de desinformación, aunque envuelto en mito, es el del caballo de Troya. Según relatan Homero en la Ilíada y Virgilio en la Eneida, los griegos fingieron retirarse de la guerra y dejaron ante las puertas de Troya un enorme caballo de madera como ofrenda a los dioses. En su interior se ocultaban guerreros griegos que, durante la noche, salieron sigilosamente y abrieron las puertas de la ciudad a su ejército.

Más allá de la veracidad histórica del episodio, lo relevante es el uso de la desinformación como táctica bélica, fundamentada en la manipulación de las percepciones del enemigo. En este caso se utilizó un objeto simbólico para inducir confianza y conseguir precisamente el efecto contrario.

Grecia clásica: estratagemas y guerra psicológica

En la Grecia del siglo V a.C., el uso de la información como arma estratégica alcanzó gran sofisticación. Un caso paradigmático es la batalla de Salamina (480 a.C.), donde el general ateniense Temístocles engañó a los persas enviándoles un mensaje falso: les hizo creer que los griegos estaban divididos y que algunos iban a desertar. El resultado fue que la flota persa cayó en la trampa y se adentró en un estrecho marítimo donde su maniobrabilidad quedaba anulada. Los griegos vencieron contra todo pronóstico.

Otro ejemplo relevante es el del político Alcibíades, protagonista de intrigas durante la guerra del Peloponeso. Fue acusado de profanar rituales religiosos antes de liderar la expedición a Sicilia. Muchos historiadores coinciden en que pudo tratarse de una maniobra de desinformación orquestada por sus rivales políticos. La acusación, posiblemente infundada, provocó su destitución en plena campaña militar, y Atenas sufrió una de las derrotas más devastadoras de su historia.

Cartago: la imagen como campo de batalla

Si en Grecia la desinformación se empleaba con fines tácticos, en el caso de Cartago el relato adquirió dimensiones geopolíticas y culturales. Durante siglos, Roma construyó una narrativa sistemática para deshumanizar a los cartagineses, presentándolos como bárbaros, avaros y crueles.

Una de las acusaciones más recurrentes fue la práctica de sacrificios infantiles al dios Baal Hammon. Aunque algunos hallazgos arqueológicos podrían confirmar que existieron tales prácticas en momentos específicos, muchos expertos coinciden en que Roma magnificó o manipuló estos episodios para justificar la destrucción total de Cartago en la Tercera Guerra Púnica (149–146 a.C.). La ciudad fue arrasada, sus habitantes masacrados o vendidos como esclavos, y su memoria sistemáticamente mancillada.

Egipto, Asiria y el control del relato

Incluso antes de la Grecia clásica, las grandes civilizaciones comprendieron el poder del relato como herramienta política. En Egipto, Ramsés II inmortalizó su supuesta victoria sobre los hititas en la batalla de Qadesh (1274 a.C.) mediante relieves y textos grabados en templos. Sin embargo, la mayoría de los estudios actuales coinciden en que el resultado fue, como mucho, un empate. La narrativa oficial, no obstante, sirvió para reforzar el prestigio del faraón ante su pueblo.

En Asiria, los reyes encargaban crónicas oficiales que omitían derrotas o las presentaban como victorias estratégicas. El rey Senaquerib, por ejemplo, se jactó de haber sitiado Jerusalén en 701 a.C. y de haber «encerrado a su rey como a un pájaro en una jaula», pero nunca menciona que no logró conquistar la ciudad. Este tipo de propaganda institucional anticipa las manipulaciones que vendrían siglos después. Entre otras, las vertidas, por ejemplo, por los imperios inglés y holandés contra los españoles en América; la napoleónica en las tierras conquistadas; la empleada por la Unión Soviética; y -especialmente- por los nazis.

La desinformación no es un invento moderno: ha estado presente desde que existe el poder organizado. Lo que ha cambiado es su escala, velocidad y capacidad de penetración. Hoy, una mentira puede circular por el mundo en segundos, amplificada por algoritmos, bots o campañas orquestadas.

Sin embargo, los patrones se repiten sistemáticamente:

  • Apelar a emociones básicas (miedo, odio, esperanza).
  • Aprovechar momentos de crisis o incertidumbre.
  • Utilizar símbolos, imágenes o «datos» difícilmente verificables.
  • Apoyarse en figuras de autoridad o presunta legitimidad.

En un contexto donde la reputación constituye uno de los activos más valiosos de cualquier organización, comprender cómo opera la desinformación —y cómo se ha utilizado históricamente— resulta más crucial que nunca. No se trata únicamente de identificar bulos, sino de anticiparlos, contrarrestarlos y construir narrativas sólidas, honestas y resilientes.

Desde Troya hasta Twitter, la historia de la desinformación es la historia del poder. En cada época, la manipulación informativa ha respondido a necesidades estratégicas: ganar una guerra, reforzar una posición política o deslegitimar al adversario. La diferencia radica en que hoy las herramientas están al alcance de cualquiera y sus efectos pueden ser exponenciales.

Si algo nos enseñan estos episodios históricos es una verdad inmutable: quien controla el relato… controla la realidad.

Representación de la batalla de Salamina
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